miércoles, 7 de agosto de 2013

Übrim: La Cárcava (7)

Relato por Mr. D, (Facebook,Patreon)

El ataque de Merik fue rápido. Char’Leek buscó protegerse de su envestida con el escudo, más su rival lo agarró y, girando sobre sus pies, logró desprendérselo. El guerrero contuvo su sorpresa e intentó tomar la empuñadura de su espada-látigo pero el príncipe asió la dorada defensa y golpeó el rostro de su adversario varias veces con ésta. El guardián cayó de rodillas aturdido; con la mano que no blandía el escudo, Merik, utilizando un potente gancho ascendente, le retiró el casco. Aquel breve instante en que el protector de Krashik sintió la seca brisa del desierto logró hacerlo reaccionar, dio un giro sobre su espalda y tomando su arma, se incorporó. De la empuñadura se proyectó un látigo iluminado en color naranja, con pequeñas descargas que lo rodeaban y danzaban sobre su superficie; el guardián lo abanicó varias veces hacia su enemigo pero este logró evitar todo daño al protegerse rápidamente con el escudo. Se detuvieron por un momento y el guerrero observó, notó la inmensidad del ejército fantasma, la cantidad de hombres y dispositivos a su disposición, vio catapultas, onagros, ballestas, escaleras, arqueros, espadachines y más; luego se fijó de nuevo en su rival, había bajado los brazos, ahora no solo llevaba el escudo sino también su casco, sonreía. Con un rápido movimiento Char’Leek golpeó el suelo con su arma repetidas veces, levantando una nube de polvo; cuando se disipó Merik pudo ver como la puerta de Krashik se cerraba y el guardián, del otro lado, lo miraba exaltado.
La puerta se había cerrado y estaba siendo apuntalada, el guardián se tomó un momento para pensar su situación: allí afuera estaba una enorme tropa, con soldados especializados y seguramente entrenados –se giró un instante y contempló a los hombres que lo acompañaban, están allí, mirándolo con miedo, agolpados burdamente y estremeciéndose al ritmo de la marcha del ejército fantasma, que se acercaba- él tenía a su mano unos pocos hombres, sin entretenimiento alguno, armados con mediocres filos y algunas hondas; no eran rival para Merik, así como él tampoco lo fue.
- Señor ¿Qué hacemos ahora? –preguntó uno de los aterrados soldados, con un alarido a medias
- Vamos a… -articuló el guardián con dificultad mientras pensaba que realmente no sabía que podían hacer- a… vamos… -era su padre quien tenía un plan, no él- a… a… nos… -¿Cómo podrían defenderse de ellos?- nos… a… po… -tenía que haber mentido, no existía un plan- podremos… hacer… una… -así era su padre, un hombre sin planes- una… a… -un hombre obvio, de respuestas previsibles- a.. a.. a… -aunque claro, la respuesta era obvia también- ¡Vamos a luchar! ¡A defender Krashik!
De nuevo desenfundó su espada, se dio la vuelta y esperó, la marcha del ejército fantasma se hizo cada vez más fuerte, cada paso retumbaba en sus oídos y le enfriaba más el sudor; pensó entonces que no tenía casco, que su cabeza era vulnerable, que podía morir. La marcha se detuvo de pronto y un corto silencio cayó sobre los aterrados hombres, la voz de Merik, si bien ensordecida por el grosor de la madera del portón, preguntó:
- ¿Morirán así los hombres de Krashik?
- Morirán luchando –comentó Char’Leek, seguro de que su nerviosa vos no pudo ser escuchada por el príncipe.
- Sus líderes, vanagloriados por historias del pasado, han fallado la prueba del presente.
- Los mataste –dijo el guardián en un susurro.
- Pero yo traigo una decisión que osaron tomar por ustedes… a ustedes.
- No… -se dijo el protector, temiendo las palabras que escucharía.
- ¡Abran estas puertas! ¡Qué no corra más sangre! ¡Ríndanse ante mí y perdonaré sus vidas! ¡Entréguenme la ciudad y les daré una oportunidad de unírseme! ¡Su guardián les falló! ¡Conmigo de su lado ya no necesitarán de uno!
- Ellos… creen… en mí… –trastabilló susurrando el dorado.
Por un momento el silencio regresó y Char’Leek volvió a pensar en qué podrían hacer para enfrentarse al príncipe; unos pasos a sus espaldas los distrajeron, miró sobre su hombro y vio un puñado de hombres que pasaron a su lado, dirigiéndose a la puerta, empezaron a retirar los cerrojos y refuerzos. El guardián les preguntó qué hacían, pero ellos solo lo miraron con tristeza y no fueron capaces de responderle; lentamente otros hombres se les unieron y otros más se dieron la vuelta y huyeron a sus casas. Del improvisado ejército de Krashik solo quedó un hombre, vestido con dorada armadura, que saltó por los aires hacia su hogar, justo antes de que la puerta se abriera.

Char’Leek entró, con lágrimas en los ojos, en su habitación; abrió un cofre y se cercioró que contuviera algunas pertenencias, lo tomó y de nuevo se dirigió a la ventana, una voz en el lugar lo detuvo:
- ¿Piensa huir?
- ¡¿Quién es usted?! –gritó el guardián, desenfundando su espada-látigo.
- Mi nombre es Zirad.
- ¡Metálo! ¿Qué hace usted aquí?
- No pretendo hacerle daño… vengo de lejos… observé lo sucedido al otro lado de la muralla y vine aquí… no esperaba que viniera tan pronto.
- ¡¿Estaba revisando mis cosas?! ¡Agente de Merik!
- No estoy con él… pero sé de él.
- ¿Y qué sabe? ¿Qué hace aquí?
- Mire… no tenemos mucho tiempo… escucho una marcha acercándose…
- ¡También la escucho! ¡Es él!.... Viene por el übrim…
- Si piensa huir, hágalo… pero si busca respuestas… sígame…
- ¿Por qué lo seguiría?
- No tiene que hacerlo… pero creo que podemos ayudarnos…
- Indelicadeza majadera. ¿De qué manera le sobreviene a este lustroso estólido la noción de retirarse para contemplar la conflagración? –se dijo Jeenpor a sí mismo mientras miraba por una pequeña ventana, nervioso- ¡No apalabramos adentrarnos en esta urbe ad portas de ser abordada!
De improviso una delgada cuerda lo lazó por el cuello, fue velozmente elevado y quedó colgado de una viga que surcaba el tejado de la habitación, no podía apoyarse o empujarse en nada de esta. De las sombras, Ekia emergió.
- Esto es mío –dijo la guerrera al recoger sus espadas de una mesa.
Merik se asomaba por una abertura que una de sus catapultas había forzado en la muralla alrededor de la Cárcava de Darmak, sus hombres esperaban ansiosos lo que fuera que sucediera.
- Darmak, üiej io Egú, maiüb –solicitó el príncipe.
- ¿Siu shaish oae ajbeomej oasb ajeoejuêoueb, ojimoaeoaj?
- Eui’oj eoü ojimoaeoaj eoü oae eomb –afirmó Merik.
- ¿Usi eomb oae?
- Eo oimojbm bejbojeu, ejiu eo uimoaseu eoajajeu –se describió el noble.
- ¿Üiej io Ha?
- Üiej io Xiotán – afirmó el jefe del ejército fantasma.
- ¿Siu? ¿Uieu?
- Shboaeoaiajü. Ejiu ejiüioamiü ojeüoa oîsü aiej oasb ilsbioáísb eui’oj sbmb oai omb´ oae oim –dirigió.
- ¿Usaís aiü..?
- Mbisbejueb. Oasaiü oaiajoaseu übrimejibü seosh oaeoabej ísbm oasmb´ io oasb oaiisb oasmiejbü. Bajajiü üseoajaj lb shbüoamieubsh –concluyó el recién llegado.
- … Üi aioa üseoajaj lb.
De las sombras de la fosa, con lentos y rítmicos movimientos, una figura emergió; tan grande que un hombre apenas le habría llegado a la pantorrilla, enterraba sus manos y pies en la pared, derritiéndola en caliente magma, no tenía mayores detalles, era un ser humanoide, de gran espalda, dedos gruesos y cabeza cuadrada, su ojos rojos y brillantes, destacaban en el color negro de su rocosa piel, surcado por hendiduras de roca fundida.
- Übrim-Egú’Darmak, libre eres de nuevo –saludó el príncipe cuando el gigante llegó a la superficie.
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